El último discurso de Petro en la ONU: sobre el personalismo en política exterior
Hoy, estamos en condiciones de ser más propositivos pero, por cuenta del personalismo de nuestra política exterior, tenemos menos músculo diplomático para respaldar tanta iniciativa.
Es posible que el acuerdo alrededor del diagnóstico de Petro sobre muchos de los problemas del sistema internacional que quedó consignado en su discurso ante la Asamblea General de las Naciones Unidas sea amplio. Difícilmente alguien, a estas alturas del paseo, se puede oponer a la idea de que lo que está cometiendo Netanyahu en Gaza es un genocidio, a que el calentamiento global es uno de los retos más sobresalientes de nuestro tiempo y nos está quedando grande, a que mucha de la responsabilidad en los problemas globales es asimétrica, etc. Incluso, puede y debe haber un acuerdo amplio alrededor de la idea de que la descertificación es un mecanismo unilateral, antipático y con tanto de técnica como de política.
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Sin embargo y a pesar del acuerdo alrededor de varios de estos diagnósticos, el tono del discurso de Petro fue revelador. Lo que todos los colombianos oímos, una vez más, fue a un presidente hablando en primera persona, un presidente cuya evaluación y propuestas fueron presentadas como parte de una cosecha muy personal, una visión del mundo muy íntima. El presidente de los colombianos en el podio de Naciones Unidas tomó la decisión de presentarse a sí mismo como un líder solitario, con un proyecto unipersonal y despegado de cualquier intento de representación nacional o internacional. A pesar de su condición de presidente pro-tempore de la CELAC y de haberse pensado en algún momento como el “presidente de los Latinoamericanos”, tampoco hizo el más mínimo esfuerzo por construir un discurso latinoamericanista.
De hecho, no podía haber hecho nada distinto. Los esfuerzos de Petro por discutir ampliamente y a nivel nacional y regional su visión del mundo han sido nulos, inexistentes. Todo lo que hemos visto es un Presidente sentado en un pedestal inalcanzable cada vez que habla de temas internacionales, pedestal que no alcanzan ni siquiera sus propios funcionarios dedicados a estos temas. Sus bases incondicionales son los únicos que lo apoyan, también incondicionalmente, en sus discursos internacionales. Son los únicos que siguen su orden de promoverlo como “líder internacional”, como lo dejó claro la noticia de El Colombiano y que Petro abiertamente admitió en su tuit:
Los niveles de personalismo que Petro le ha inyectado a nuestra política exterior están destinados, como el mismo lo sugiere en esta directiva de comunicaciones de la que es autor, a consolidarlo a él solo como un líder con proyección mundial. Su interés en estos discursos no es el posicionamiento del país en esferas internacionales o el ejercicio de un liderazgo nacional, consensuado, estructurado y diseñado con reflexión. No. Si antes nuestro problema era que no teníamos políticas exteriores de estado sino de gobierno, ahora el problema es que no tenemos ni siquiera política exterior de gobierno: solo tenemos política exterior presidencial y le pertenece única y exclusivamente a Petro.
Si antes nuestro problema era que no teníamos políticas exteriores de estado sino de gobierno, ahora el problema es que no tenemos ni siquiera política exterior de gobierno: solo tenemos política exterior presidencial, y le pertenece única y exclusivamente a Petro.
Lo que constituye una verdadera lástima, es que algunas de sus posiciones, formuladas en forma distinta y acompañadas de una estrategia fuerte e institucional, podrían ser apuestas que muchos acompañaríamos. Abandonar nuestro “enanismo auto-impuesto” (término de Bruce Bagley) para movernos en dirección de una política exterior con más coraje y más vocal, es un esfuerzo que muchos esperábamos desde hace tiempo. Pero cuando el coraje es solo retórico y se presenta como la valentía de un solo individuo dispuesto a pelear solo contra los poderosos y en nombre de nadie, cuando el coraje no está acompañado de una estrategia que construya propuestas logrables y consensuadas, acompañadas e institucionalizadas, entonces solo estamos hablando de la egolatría propia de los caudillos y no hay allí un proyecto que nos represente en lo global.
La muestra más evidente de ese liderazgo solitario y desarticulado de Petro es que su propuesta de construir una fuerza militar internacional para resistir las agresiones de Netanyahu a Gaza no agarró a todos por sorpresa en Colombia, y solo fue acompañada por Indonesia. No solo no se estudiaron ni analizaron las verdaderas posibilidades de la iniciativa, sino que además tampoco se hizo el trabajo diplomático de rigor de circularla previamente y empezar a negociar y armar acuerdos para que a la hora de formularla públicamente, el presidente no terminará siendo tan flagrantemente ignorado por la comunidad de estados que se reunió en Nueva York. Y como si esto fuera poco, la agenda bilateral fue magra, no hubo seguimiento a su propuesta, no hubo discusión adicional. Como muchas de sus propuestas en materia internacional, la cosa quedó en nada.
Observen el contraste con la iniciativa regional en favor de la democracia que ha venido organizando el presidente Boric de Chile desde hace algunos meses. Allí sí hubo un esfuerzo concertado, una reunión planeada y algo de éxito en lograr acompañamiento regional para esta iniciativa. Solo a punta de discursos grandilocuentes y tuits, no se construyen liderazgos sólidos, despersonalizados, sostenibles.
Finalmente, y para continuar con la comparación con el discurso de Boric, el otro elemento que devela el personalismo propuesto en el discurso es su talante abiertamente anti-institucional. Petro y Trump pronunciaron en sus discursos la arremetida más fuerte contra esta organización, no sugirieron formas de superar su crisis y la de otros organismos multilaterales, sus discursos fueron apocalípticos y la única salida a la destrucción total que presentaron, son ellos mismos y sus ideas. Sus iniciativas son unipersonales, solitarias. En contraste, cuando Boric habló del reto de Gaza, su aspiración institucional no pudo haber sido más clara: “No quiero ver a Netanyahu destrozado por un misil junto a su familia. Quiero ver a Netanyahu y a los responsables del genocidio contra el pueblo palestino enfrentados a un tribunal de justicia internacional”. La declaración revela el compromiso histórico de Chile con el ordenamiento multilateral, pero también está provista de la necesidad estratégica de países como los nuestros de hacer funcionar las organizaciones internacionales. Ese es el camino de los liderazgos serios y productivos.
La última oportunidad perdida, fue la de haber aprovechado el foro para articular una versión alternativa clara frente al problema de las drogas ilícitas. Colombia tiene trayectoria en este tema y Petro y su administración tienen ideas. Pero en vez de hacer eso, Petro se dedicó a ventilar su agravio personal por no haber sido certificado, y en vez de articular una crítica a esa forma de concebir la lucha anti-narcóticos, se dedicó a resaltar sus logros usando (y legitimando) los indicadores fallidos que se usan para evaluar nuestro desempeño en esta materia. “Yo cumplí y aún así, me rajaron” parecía estar diciendo, cuando lo que deberíamos hacer es criticar la unilateralidad con la que se trata el problema y resaltar los fallos permanentes de los criterios prohibicionistas sobre los cuales somos evaluados y que poco han contribuido a resolver el problema.



